Wednesday, August 19, 2009

Del reconocimiento del absurdo...

Por Juliana Ariza H.

Desde los inicios de nuestro transitar por la tierra, el hombre ha querido definir este mundo absurdo y contradictorio, conceptualizándolo, atrapándolo, entendiéndolo. Sin embargo, no ha logrado en su paso llegar a una congruencia colectiva significativa al respecto; no obstante, en la humilde opinión de esta servidora, Godfrey Reggio es uno de los artistas, cuya producción cinematográfica se ha acercado, con creces, a ésta comprensión, exposición y definición del contexto circundante. Su ópera prima, llamada ‘Koyaanisqatsi’[1], la cual proviene del lenguaje Hopi hablado el pueblo Uto-Azteca, significa ‘vida fuera de balance’, ‘vida fuera de orden’, nos entrega el contraste evidente de la Tierra, antes y con el hombre; ésa es la palabra que mejor describe el mundo de hoy, ésas son las imágenes del testimonio mudo de la naturaleza, ésa es nuestra única certidumbre, éste mundo mantiene su peso sobre el caos, y el equilibrio se ha esfumado. Ahora, porqué, con el pleno conocimiento colectivo de nuestra inclinación intensa sobre el caos, negamos la absurdidad de ese carácter y nos sumergimos en un mundo que le hace venia a lo razonable; caemos, entonces, en el dogmatismo facilista que nos absuelva de nuestra responsabilidad presente, para transformarla en un futuro gratificante, pero inexistente, y ante todo, le otorgamos un carácter razonable a lo irrazonable a través de tal dogma. Es axiomática la aparición de la fe, la necesidad de creer, esa obsesión enfermiza por lo apolíneo, es la misma que nos impide el goce en tanto nos llena de miedos, porque el miedo es su única forma de control, el único modo de hacerse legítima; al tenerle pánico a aquellos que no conocemos, el riesgo de inclinarnos a ello se reduce, lo desconocido se mitifica, la imagen de los dioses surge, y el hombre se repliega hasta la línea que su mismo pavor le demarca, al resguardarse, se resguarda igualmente, de su propia vida, en cuanto vive por la recompensa del mañana “En la medida en que imaginaba una finalidad en su vida, se conformaba con las exigencias de un propósito que había de alcanzar y se convertía en esclavo de su libertad. Así ya no podré obrar sino como el padre de familia que me preparo para ser”[2], y por ende, se pierde el goce del hoy.

“Todo eso es absurdo, Dios no existe”[3], tampoco es la respuesta, pues llegamos al extremo de la negación total, y allí, Aristóteles por el principio de contradicción[4], nos reafirmaría la existencia de Dios, y entonces, nos advertimos sujetos a él, y a su concepto, a todas las reglas que devienen de él, y no vemos más allá; nos negamos a iniciar el proceso por descubrir, por explorar, pues es en esta apertura donde el dogma se desvanece y se transforma en un peso innecesario, donde la iglesia pierde su poder.

Hay que enfrentar el mundo con su absurdidad, es obvio la existencia de lo irrazonable, es comprensible el miedo ante la ignorancia, pero entonces, no es el llamado a la radicalización lo que nos compete, sino la mano que sumerja al prójimo en las aguas caudalosas del absurdo, el agua fría que lo levante de su letargo confortable, y le de vida, porque el vivir es un acto inmediato lleno de sin sentido.



[1] Página oficial de la trilogía Qatsi, que inicia con Koyaanisqatsi en 1982, http://www.qatsi.org/

[2] Camus A., “El mito de Sísifo”, Página 72, Losada Editores, Buenos Aires, 2007.

[3] Doitioviesky F., “Los Hermanos Karamazov”, Pág. 181, Editorial Imprelibros, Colombia.

[4] Roetti J., “Aristóteles y el principio de la (no) contradicción: fundamentación teórica y práctica” Articulo publicado por el Departamento de Humanidades de la Universidad del Sur, Buenos Aires. 2007.

Friday, August 14, 2009

BREVE DISQUISICIÓN SOBRE EL ACTO DE PENSAR y... las palabras

Por Julián Soria.


La "Sonata trino del diablo", de Tartini, invade la pequeña y desconcertante habitación, trayendo consigo, el recuerdo de un día ya desconocido, que a esta hora de la madrugada, me sumerge en la melancolía debido a las lejanas ilusiones. Un instante que fue, y al que mis demonios quisieran regresar, tras darme cuenta que los deseos que todavía siguen vivos, han perdido su importancia, pues las palabras han dejado de tener el sentido liberador, para convertirse en una carga recalcitrante. Un deseo o una pasión que de ninguna manera entiendo. Tal vez en su momento la lectura fue la disculpa perfecta para dejar de ser aquel otro posible, ese otro que se proyectaba más allá de lo creíble, seguro de sí mismo, convencido de sus capacidades, aunque aún no había sustentado el hecho de consumir el aire que respiraba; un inconsciente, un mal nacido que como muchos otros aún no sabía que lo era; una cosa que flotaba sobre el abismo incontenible de la decepción. Sí. Que flotaba. Palabra escrita en pasado, la decepción en este momento no hace mella… quizá la haya remplazado el arrepentimiento inherente… no de los actos; simplemente del hecho de vivir.
Ahora reconozco (imbécil infame y terco que sigo “reconociendo” a sabiendas que no servirá de nada) que el camino elegido fue el equivocado. Estaba enfermo del alma y ahora no sé si en realidad valió la pena pensar, queriendo profundizar, en ello; no sé, si sirvió de algo arrastrarme entre la maleza de papel, interrogándome sin contemplación, en busca de razones más penetrantes o meritorias que sustentasen el valor de mis pensamientos y actos. Idiota mil veces que recurriste a los libros, a los muertos, porque los vivos eran, y siguen siendo, una manada de hipócritas: ¡Tenías la evidencia en tu hocico pelón! ¡¡Cómo no te diste cuenta gran hijo de la puta situación!!
Sí. En aquella época (mucho antes de la llegada a mi vida de las sonatas de Ysaÿe que en este momento me maltratan) era libre, (imbécil nuevamente ya que aún hago uso de muletillas) y, sabiéndolo, caminé en dirección al fausto encuentro con el espejo. La imagen se reflejó y, al verme a cabalidad, me trastornó. Quise cambiar cada una de esas bases heredadas que, de alguna forma —gracias a esos que poblaban y pueblan mi entorno— continúan haciéndome ser lo que soy… por un momento creí en la posibilidad; sentí euforia, regocijo, felicidad, nacimientos emocionales provocados por mis actos sinceros, siempre calculados, medidos e inconstantes. Creí en el ser humano, y, como tal, lo defendí en su momento, pues por ellos nacía en mí la idea absurda de la renovación constante. Inútil carga, igual de inútil al propósito constante de avanzar. ¿Acaso no sigo chocando con la nulidad de mis actos, y más que de mis actos de mis palabras?
Reconozco que lo logré. He cruzado la línea, y ahora no puedo cerrar los ojos ante mi propia existencia. Malhadados sean aquellos que no saben escuchar y mucho menos leer. Para ellos, el infierno tangible nunca está disponible en su totalidad, y es una lástima que no me acompañen en mí peregrinar; pero despreocupaos, la infame lástima nunca será algo que yo les proporcione para satisfacer vuestra inconsciencia. Despreocupaos, pues si en mis manos está la posibilidad de llevaros de la mano por el sendero dantesco, haré todo lo posible por cobijaros en mi seno, hasta que nos ahoguemos en la mierda que nos abruma.

Wednesday, August 12, 2009

El mundo del absurdo

Acerca de la falsedad o veracidad de nuestros juicios, Aristóteles decía que al afirmar que todo es cierto, afirmamos la verdad de la aseveración opuesta, y viceversa, al afirmar que todo es falso[1], y entonces, qué sentido tiene discutir acerca de lo verdadero y lo falso, en un mundo que, según Piaget, sólo lo podemos comprender a través de nuestras percepciones. Sin embargo, para el hombre racional, la validez de sus juicios lo es todo, y por ello, el juego que más lo divierte, es ‘tomar para sí’ los atributos que, con anterioridad, le ha otorgado a un dios, y entonces sentirse superior, superior en su propia invención, superior con su propia verdad. Pero…si le quitamos esa aparente seguridad, ¿qué le queda entonces? Simplemente lo cierto, no lo verdadero; y por lo tanto, el dogmatismo que trata de explicar a plenitud el porqué y el para qué de nuestro paso por el mundo, de nuestra realidad, carece de sentido. Y ante ello, el hombre se retrae y se escapa a sí mismo, se escuda en el otro, se miente y prefiere evadir el absurdo, sí, el absurdo, “la razón lúcida que comprueba sus límites”[2]; he aquí el punto central, el llamado a reconocer que nuestro mundo es absurdo, que vivimos en un universo en su 99% irrazonable, donde eludir la incertidumbre sólo nos aliena y nos impide comprender y aceptar esa misma irracionabilidad. En tanto ello, permitimos que se nos controle a través de los miedos, al encontrar placentera la permanencia en la cueva de Platón, en nuestra oscuridad que cada vez se hace más densa, pero cada vez creemos ver mejor en ella; ahora, sólo en el reconocimiento y conocimiento de la absurdidad es posible tomar una posición, menos fantaseada, menos elaborada, y más proactiva. Solamente es posible aportar al desarrollo de una sociedad integral en cuanto me ubico en ella como individuo, y no como una persona absorta por la socialidad que nos apresa; el mundo del absurdo es el mundo de HOY, el mañana no existe, pues es la proyección constante sobre un futuro mejor que nos aparta del presente, y nos impide, entonces, ser en el ahora, y tú, ¿cómo ves tu absurdo?



[1] Aristóteles, Sobre la Interpretación, Pág. 9. Traducción de Miguel Candel SanMartín. Edición electrónica www.philosophia.cl Escuela de Filosofía Universidad ARCIS

[2] Camus A., El Mito de Sísifo, Pág. 63. Traducción de Luis Echávarri, Editorial Losada. Buenos Aires. 2007.

Tuesday, August 11, 2009

Bienvenidos!

Hola, quiero inaugurar este espacio, con la siguiente discertación temporal:

La unión hace la fuerza, leí alguna vez, seguramente en algún libro de autoayuda, que te llena la cabeza de pendejadas, al fin y al cabo eres tan cobarde que no te matas o tan valiente que decides seguir con tu miserable paso por la tierra, pero te aseguras de volverle la vida a los otros mierda, porque sólo no te la bancas; y bajo ese panorama, quien putas puede hacer algo por esta sociedad turbada. Qué sociedad, lo siento, cualquier panigerista de la sociología me puede caer a pedradas por siquiera hablar de sociedad, porque no somos constructores de la cultura que unifica, no! , vivimos en un gran puto mundo que se sumerge en aplicaciones para creer que algún idiota como vos al otro lado del charco te ama; redes de la mierda donde sólo de estupideces nos llenamos y en la e-socialité nos transformamos, en la socialidad, en la banalidad de la cotidianidad efímera, donde no se construye individuos sino personas que solas no valen nada, en la masa que el ojo del panóptico agota. Y somos felices, maricas, lo peor del cuento, estamos orgullosos de ser la generación del movimiento, que rápido vamos, cuántas cosas creamos, y que poco nos consideramos, me da risa, y lloro de ira. Donde quedó el mundo real? , reducido está al baño donde cagas, porque la idea de levantar la mano y demandar por el sentido del ser en su pregunta más básica, te parece etéreo, como si ser ente fuera más decente que la sinapsis de las células del cerebro que tanto matas y amas. Que alienante esta socialidad, pero afuera, ya no encuentras nada, todo es esto, y esto es la mierda que te marca la línea de las fanaticadas, entonces a que vendría la discusión si a cero se ven reducidas mis carajadas, no lo sé, no es esperanza, eso lo tengo por cierto, quizá es nostalgia, la nostalgia de un mayo del 68, de un grito a pulmón de individuos yuxtapuesto ante un "site" donde la masa sin sentido "marcha"