Desde los inicios de nuestro transitar por la tierra, el hombre ha querido definir este mundo absurdo y contradictorio, conceptualizándolo, atrapándolo, entendiéndolo. Sin embargo, no ha logrado en su paso llegar a una congruencia colectiva significativa al respecto; no obstante, en la humilde opinión de esta servidora, Godfrey Reggio es uno de los artistas, cuya producción cinematográfica se ha acercado, con creces, a ésta comprensión, exposición y definición del contexto circundante. Su ópera prima, llamada ‘Koyaanisqatsi’[1], la cual proviene del lenguaje Hopi hablado el pueblo Uto-Azteca, significa ‘vida fuera de balance’, ‘vida fuera de orden’, nos entrega el contraste evidente de la Tierra, antes y con el hombre; ésa es la palabra que mejor describe el mundo de hoy, ésas son las imágenes del testimonio mudo de la naturaleza, ésa es nuestra única certidumbre, éste mundo mantiene su peso sobre el caos, y el equilibrio se ha esfumado. Ahora, porqué, con el pleno conocimiento colectivo de nuestra inclinación intensa sobre el caos, negamos la absurdidad de ese carácter y nos sumergimos en un mundo que le hace venia a lo razonable; caemos, entonces, en el dogmatismo facilista que nos absuelva de nuestra responsabilidad presente, para transformarla en un futuro gratificante, pero inexistente, y ante todo, le otorgamos un carácter razonable a lo irrazonable a través de tal dogma. Es axiomática la aparición de la fe, la necesidad de creer, esa obsesión enfermiza por lo apolíneo, es la misma que nos impide el goce en tanto nos llena de miedos, porque el miedo es su única forma de control, el único modo de hacerse legítima; al tenerle pánico a aquellos que no conocemos, el riesgo de inclinarnos a ello se reduce, lo desconocido se mitifica, la imagen de los dioses surge, y el hombre se repliega hasta la línea que su mismo pavor le demarca, al resguardarse, se resguarda igualmente, de su propia vida, en cuanto vive por la recompensa del mañana “En la medida en que imaginaba una finalidad en su vida, se conformaba con las exigencias de un propósito que había de alcanzar y se convertía en esclavo de su libertad. Así ya no podré obrar sino como el padre de familia que me preparo para ser”[2], y por ende, se pierde el goce del hoy.
“Todo eso es absurdo, Dios no existe”[3], tampoco es la respuesta, pues llegamos al extremo de la negación total, y allí, Aristóteles por el principio de contradicción[4], nos reafirmaría la existencia de Dios, y entonces, nos advertimos sujetos a él, y a su concepto, a todas las reglas que devienen de él, y no vemos más allá; nos negamos a iniciar el proceso por descubrir, por explorar, pues es en esta apertura donde el dogma se desvanece y se transforma en un peso innecesario, donde la iglesia pierde su poder.
Hay que enfrentar el mundo con su absurdidad, es obvio la existencia de lo irrazonable, es comprensible el miedo ante la ignorancia, pero entonces, no es el llamado a la radicalización lo que nos compete, sino la mano que sumerja al prójimo en las aguas caudalosas del absurdo, el agua fría que lo levante de su letargo confortable, y le de vida, porque el vivir es un acto inmediato lleno de sin sentido.
[1] Página oficial de la trilogía Qatsi, que inicia con Koyaanisqatsi en 1982, http://www.qatsi.org/
[2] Camus A., “El mito de Sísifo”, Página 72, Losada Editores, Buenos Aires, 2007.
[3] Doitioviesky F., “Los Hermanos Karamazov”, Pág. 181, Editorial Imprelibros, Colombia.
[4] Roetti J., “Aristóteles y el principio de la (no) contradicción: fundamentación teórica y práctica” Articulo publicado por el Departamento de Humanidades de la Universidad del Sur, Buenos Aires. 2007.

No comments:
Post a Comment