Friday, August 14, 2009

BREVE DISQUISICIÓN SOBRE EL ACTO DE PENSAR y... las palabras

Por Julián Soria.


La "Sonata trino del diablo", de Tartini, invade la pequeña y desconcertante habitación, trayendo consigo, el recuerdo de un día ya desconocido, que a esta hora de la madrugada, me sumerge en la melancolía debido a las lejanas ilusiones. Un instante que fue, y al que mis demonios quisieran regresar, tras darme cuenta que los deseos que todavía siguen vivos, han perdido su importancia, pues las palabras han dejado de tener el sentido liberador, para convertirse en una carga recalcitrante. Un deseo o una pasión que de ninguna manera entiendo. Tal vez en su momento la lectura fue la disculpa perfecta para dejar de ser aquel otro posible, ese otro que se proyectaba más allá de lo creíble, seguro de sí mismo, convencido de sus capacidades, aunque aún no había sustentado el hecho de consumir el aire que respiraba; un inconsciente, un mal nacido que como muchos otros aún no sabía que lo era; una cosa que flotaba sobre el abismo incontenible de la decepción. Sí. Que flotaba. Palabra escrita en pasado, la decepción en este momento no hace mella… quizá la haya remplazado el arrepentimiento inherente… no de los actos; simplemente del hecho de vivir.
Ahora reconozco (imbécil infame y terco que sigo “reconociendo” a sabiendas que no servirá de nada) que el camino elegido fue el equivocado. Estaba enfermo del alma y ahora no sé si en realidad valió la pena pensar, queriendo profundizar, en ello; no sé, si sirvió de algo arrastrarme entre la maleza de papel, interrogándome sin contemplación, en busca de razones más penetrantes o meritorias que sustentasen el valor de mis pensamientos y actos. Idiota mil veces que recurriste a los libros, a los muertos, porque los vivos eran, y siguen siendo, una manada de hipócritas: ¡Tenías la evidencia en tu hocico pelón! ¡¡Cómo no te diste cuenta gran hijo de la puta situación!!
Sí. En aquella época (mucho antes de la llegada a mi vida de las sonatas de Ysaÿe que en este momento me maltratan) era libre, (imbécil nuevamente ya que aún hago uso de muletillas) y, sabiéndolo, caminé en dirección al fausto encuentro con el espejo. La imagen se reflejó y, al verme a cabalidad, me trastornó. Quise cambiar cada una de esas bases heredadas que, de alguna forma —gracias a esos que poblaban y pueblan mi entorno— continúan haciéndome ser lo que soy… por un momento creí en la posibilidad; sentí euforia, regocijo, felicidad, nacimientos emocionales provocados por mis actos sinceros, siempre calculados, medidos e inconstantes. Creí en el ser humano, y, como tal, lo defendí en su momento, pues por ellos nacía en mí la idea absurda de la renovación constante. Inútil carga, igual de inútil al propósito constante de avanzar. ¿Acaso no sigo chocando con la nulidad de mis actos, y más que de mis actos de mis palabras?
Reconozco que lo logré. He cruzado la línea, y ahora no puedo cerrar los ojos ante mi propia existencia. Malhadados sean aquellos que no saben escuchar y mucho menos leer. Para ellos, el infierno tangible nunca está disponible en su totalidad, y es una lástima que no me acompañen en mí peregrinar; pero despreocupaos, la infame lástima nunca será algo que yo les proporcione para satisfacer vuestra inconsciencia. Despreocupaos, pues si en mis manos está la posibilidad de llevaros de la mano por el sendero dantesco, haré todo lo posible por cobijaros en mi seno, hasta que nos ahoguemos en la mierda que nos abruma.

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